Riobamba/ Con esto, si el estrés se debe a un hecho real o tan solo a un pensamiento, el cuerpo puede reaccionar de la misma forma. Ahora bien, en estos tiempos tan inciertos el estrés puede tener un enorme impacto en nuestro cuerpo. En pocas palabras, es para nuestra propia supervivencia, es decir, estamos programados para sobrevivir y nuestra mente se encuentra en constante estado de alerta frente a las amenazas. Algunos lo denominan reacción de “lucha o huida”. Creo que todos sabemos qué se siente: aumento repentino de la frecuencia cardíaca, quizás aceleración de la respiración. Todo apunta a preparar el cuerpo con el oxígeno necesario para actuar de inmediato. Detrás de esto existe un aluvión de hormonas que estimula las acciones del cuerpo y, al mismo tiempo, afecta otros aspectos de nuestra salud. 
Aumenta la circulación de adrenalina, conocida como epinefrina, que activa nuestra frecuencia cardíaca, pero también estimula la liberación de glucosa y grasa de los depósitos de almacenamiento como fuente de combustible. Si no se controla, se produce una segunda respuesta, que provoca la liberación de cortisol al torrente sanguíneo. El cortisol aumenta la cantidad de glucosa en el torrente sanguíneo y puede estimular el hambre, lo cual puede llevarnos a ingerir más calorías de las que realmente necesitamos y favorecer el sobrepeso o la obesidad.


¿Qué significa todo esto ante el estrés que nos causa la preocupación por el Covid-19? 
El estrés agudo puede ser beneficioso y perjudicial a la vez para nuestro cuerpo. Puede ser beneficioso, porque nos obliga a mantenernos atentos para protegernos y proteger a nuestros seres queridos. Puede ser perjudicial, porque aumenta la presión sanguínea y acelera la frecuencia cardíaca, y en personas con enfermedad cardiovascular preexistente puede provocar un ataque cardíaco o ACV. 


Sin embargo, lo más preocupante es el estado de estrés crónico, como el que experimentan muchas personas en este momento de incertidumbre. En este estado, el cuerpo está constantemente en alerta, lo que provoca un aumento en la presión sanguínea y el peso, ambos factores de riesgo para la enfermedad cardiovascular. Además, sabemos que el cortisol reduce la producción de nuestras células inmunoprotectoras, conocidas como linfocitos. Si bien en la fase aguda podemos observar un verdadero aumento de estas células, a medida que avanzamos a un estado de estrés más crónico, la liberación de cortisol produce una disminución de los linfocitos, que puede afectarnos a la hora de combatir efectivamente las infecciones.

Superar la “respuesta al estrés”
Entonces, nuestra percepción de la amenaza crea una cascada denominada respuesta al estrés. Esa respuesta es natural, si existe una amenaza real y si es momentánea. Sin embargo, si no se controla bien, esta cascada de estrés puede afectar negativamente nuestra salud debido al posible impacto en el peso y la presión sanguínea. (Por el Dr. Kent Bradley).

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