Accidente cambió la vida a hombre de Riobamba hace 30 años
Accidente cambió la vida a hombre de Riobamba hace 30 años. Lea una historia como muchas tantas que se escriben en silencio y hieren el alma

Isabel no podía ingresar al Oratorio del Señor de la Justicia sin antes colaborar con alguien que menos tiene: “ese es el verdadero amor que se profesa a Dios”, me diría luego.
Esta hermosa y noble mujer -en cuerpo y alma- abrió su cartera, tomó una moneda de USD 1 y se acercó a un hombre apostado en una silla de ruedas a un costado del ingreso al espacio religioso.
No lo hizo por obligación, ni por el qué dirán ni porque pensaba que alguien -como yo- le iba a tomar una fotografía, sino por convicción, por amor, por humanidad… Seguidamente ingresó tras santiguarse.
Y es que sin ser autoridad ni artista, Héctor González habita la memoria cotidiana de Riobamba, alojándose sin ruido en la retina de quienes cruzan sus días.
Es parco, mide las palabras y responde apenas lo justo, como si cada frase exigiera un esfuerzo interno que no siempre está dispuesto a conceder.
Lo conocí una mañana soleada, sentado en la vereda del Oratorio del Señor de la Justicia, entre las calles Juan Larrea y José de Orozco, acompañado por un silencio espeso.
No eligió la sombra ni el reposo: la vida lo confinó hace más de 30 años a una silla de ruedas, compañera inseparable de su tránsito urbano.
A sus 63 años, Héctor observa el mundo desde abajo, pero con una dignidad erguida que resiste al infortunio y a la indiferencia que suele rodearlo.
Accidente que transformó una vida para siempre

Al preguntarle por su familia esquiva la mirada, se cubre el rostro y deja que las respuestas se hundan en lo más profundo de su memoria.
“Mi mamá se llamaba Luz América González”, dice, dejando que la nostalgia eleve su voz por encima del cansancio.
Del padre no habla. El silencio actúa como frontera minada, y comprendo que hay preguntas que no buscan respuestas, sino respeto.
Es uno de seis hermanos, aunque solo mantiene contacto con una hermana, con quien comparte una vivienda arrendada y gastos mínimos.
Cuando menciona sus estudios, sonríe brevemente y recuerda con orgullo haber terminado la Primaria en la Escuela Simón Bolívar.
La sonrisa se diluye al explicar que no pudo cursar la Secundaria, truncada por las vicisitudes que comenzaron a acumularse temprano.
Sin embargo, su voz se fortalece al afirmar: “¡Soy mecánico automotriz!”, título que conserva como estandarte de una vida laboral arrebatada.
Riobamba y la memoria de un oficio perdido

Héctor recuerda su niñez sin exigencias, sin caprichos, con gusto por el fútbol y una humildad alimentada por la necesidad.
Jugaba de delantero, anotaba goles ocasionales y celebraba sin estridencias, como si ya entonces intuyera que nada sería permanente.
Tenía su propio taller mecánico, manos firmes, motores abiertos y un futuro construido con grasa, esfuerzo y esperanza diaria.
“Mi columna se fregó alzando un motor. Era muy pesado y me venció…”
El accidente ocurrió hace 30 años, y aún hoy la emoción humedece sus ojos, como si el cuerpo recordara cada segundo del colapso.
Acudió al hospital, pero la atención deficiente agravó la lesión hasta dejarlo sin movilidad en las piernas, arrebatándole la independencia.
Desde entonces, su mundo se redujo, sumando una separación matrimonial y la ausencia total de sus dos hijos.
Resiliencia cotidiana frente al abandono

Héctor sobrevive trabajando y con un bono estatal de 100 dólares, ayuda insuficiente que apenas cubre lo básico, lejos de cualquier comodidad real.
La misma que se quiere maquillar en videos y redes como la solución a mil y un problemas, cuando quienes los elaboran o se prestan de actores ganan sobre las 4 cifras, y persiguen a quienes dan a conocer su difícil realidad y exigen que no la cuenten.
“Recibo cien dolaritos, algo es algo, ¿no?”
Pero, para sentirse útil y ganarse «un mediecito más» vende periódicos en un pequeño kiosco, luchando cada día contra el dolor físico y la soledad que acompaña sus jornadas.
Al preguntarle qué necesita, no duda: una silla de ruedas nueva, herramienta vital para recuperar algo de movilidad y dignidad.
Y no porque no cuente con una, sino porque el peso de los años y de su cuerpo han ido minando su funcionalidad.
Convive con escaras que controla diariamente en el Subcentro de Salud 3, cerca del Parque Industrial, y asiste solo.
Aunque eso no quiera decir que no necesite un colchón antiescaras, el mismo que no lo pide, pero sé que lo necesita, porque conocí de muy cerca la realidad de quien la padece, y lo firmo le será de mucha ayuda.
Su kiosco se ubica en la intersección de la calle Nueva York y la Av. Antonio José de Sucre, esquina donde la vida pasa rápido.
Allí espera, no con lástima, sino con la esperanza silenciosa de que alguien decida mirar más allá de la prisa y le compre un periódico o le extienda su mano solidaria… Lo que por su bien, espero ¡así sea!
Respuestas a tus dudas
- ¿Quién es Héctor González?
Es un ciudadano riobambeño cuya historia refleja resiliencia, abandono familiar y lucha diaria tras un accidente que marcó su destino. - ¿Dónde se lo puede encontrar?
En la esquina de Nueva York y Antonio José de Sucre, donde vende periódicos para sostenerse dignamente. - ¿Cómo se puede ayudar?
Con apoyo solidario, especialmente una silla de ruedas nueva que mejore su movilidad y calidad de vida.
