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LA FRATERNIDAD EN TIEMPOS DE VIOLENCIA

En medio de una realidad global marcada por la violencia, la inseguridad y la desconfianza, la fraternidad emerge como un valor fundamental para reconstruir el tejido social. La violencia, en cualquiera de sus formas, nos deshumaniza y erosiona la esperanza.

Frente a este panorama, la fraternidad se convierte en un acto de resistencia y de fe, una luz que invita a tender puentes en lugar de levantar muros. La Iglesia nos recuerda que ser fraternos implica acoger, escuchar y cuidar al otro, especialmente al más vulnerable. No se trata solo de evitar el daño, sino de comprometernos activamente en la construcción de comunidades solidarias, donde la justicia y el amor sean la base de toda relación humana.

El Papa Francisco, en repetidas ocasiones, destacó la importancia de la fraternidad para alcanzar la paz duradera. Nos invitaba a abrir el corazón y las manos, a no permanecer indiferentes ante el dolor ajeno y a rechazar la tentación de responder con más violencia. Solo mediante el diálogo, la empatía y el perdón, podremos sanar heridas profundas y avanzar hacia una sociedad reconciliada. Este llamado no es un ideal utópico, sino una invitación concreta a transformar la realidad desde nuestras acciones cotidianas: reconciliando familias, apoyando a quienes sufren, denunciando la injusticia y promoviendo la dignidad de toda persona.

Vivir la fraternidad, en tiempos de violencia, es apostar por la esperanza y por un futuro donde reine el respeto y la paz. En definitiva, la fraternidad es la fuerza silenciosa que puede vencer la violencia. Los animo a ser portadores de esa luz, recordándonos que, aunque la oscuridad parezca avanzar, una chispa de amor puede encender toda una comunidad. Hoy, el mundo necesita más que nunca de verdaderos hermanos y hermanas dispuestos a construir juntos un nuevo camino.

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