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GEORGE GORDON BYRON – SEXTO BARÓN DE BYRON

Vio luz, un 22 de enero de 1788 en Londres. Icónico poeta del romanticismo, precursor de obras que le abrieron un firmamento cultural que le otorgó una rápida celebridad europea. 

“Lord Byron debe ser considerado un hombre, un inglés y un gran genio. Su talento es inconmensurable. Nadie puede ser representante de la era poética moderna excepto él, que sin duda debe ser considerado el mayor genio de nuestro siglo. No es ni antiguo ni romántico, sino como la actualidad misma”. Dijo Johann Wolfgang von Goethe (1749).

Las ideas de Byron se asomaron y engendraron futuro, pues cuando sucedió la erupción de un volcán en Asia, se reunió con amigos cercanos y su médico, conminándoles a escribir un relato de terror. De ese encierro cobraron vida “FRANKENSTEIN de Mary Shelley y, EL VAMPIRO de Polidori”. La vida del bardo ingles fue más que una leyenda basada en tres aspectos y, analizamos: familia, creador y fama.

Él mismo describe sus viajes, el incesto, las relaciones homosexuales, y su trágico-cómico matrimonio. Su sed de reconocimiento lo condujo a probar todos los medios para alcanzar su propósito, toda clase de celebridad sea cual fuera, tentaba a su poderosa ambición, creaba y manipulaba para sentir esa emoción. Controlaba como se reproducían sus relatos. Entrelazaba su reputación, su fama, su amargura, para lograrlo. La mala fama apareció  cuando la notoriedad lo embargo.

A su muerte con solo 36 años de edad, se reconoció y, descubrió que su vida fue una realidad mejor que una novela. Se lo describe como un hombre alto, hermoso y con defecto físico,  al que ni mujeres, ni hombres podían resistirse. Su inteligencia deslumbrante y, libre, mágica y, maléfica hacían de él un hombre guapo y, deforme; gracioso y, serio; mezquino y, derrochador; extrovertido e, introvertido; tosco y, tierno; impuro, sensual y, divino. Un verso de su intelecto informará de su genialidad:

“En este día cumplo treinta y seis años

Es hora de que este corazón se aquiete, pues ya ha dejado de agitar a otros: y aunque no pueda ser amado, dejadme amar…

Mis días enhebran sus hojas marchitas, las flores y frutos del amor se han ido; el gusano, el chancro y el dolor son míos.

El fuego que hace presa en mi pecho como ínsula volcánica está solo; ninguna antorcha prende a su llama de pira funeraria.

La esperanza, el miedo, el afecto celoso, el cariz exaltado del dolor y la fuerza del amor no puedo compartirlos, pero desgastan la cadena”. (Byron 1788)

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