POLÍTICO IGNORANTE, VOTANTE QUE LO PREMIA
Los errores provocados por la ignorancia siempre terminan cayendo por su propio peso. Ahora que el caso Tayupanda vuelve a encender el debate público tras la sanción del Tribunal Contencioso Electoral, se me vienen varias sensaciones.
Primero vino la indignación, esa reacción automática: ¿cómo es posible que una autoridad cometa semejante de corrupción como lo es el proselitismo político? Luego pasé como muchos a la fase del pseudoexperto en materia electoral, discutiendo entre amigos cuál debía ser la sanción justa. Llegué a la conclusión de que, si de mi espíritu chimboracense dependiera, Tayupanda hoy solo quedaría reducido a un cuadro colgado en aquella pared de la prefectura.
Pero el tiempo pasa, y hoy, viendo al muy señor desesperado por volver al cargo que él mismo traicionó, he llegado a una etapa distinta: la cínica, la burlesca. Porque más allá del escándalo, hay una verdad imposible de esquivar, no importa cuántos tragos te tomes en campaña o en que tan populista sea tu administración, la ignorancia siempre termina delatándote.
El señor Tayupanda no está en este problema por una conspiración ni por un error técnico sofisticado. Está aquí por algo tan básico y obligatorio para cualquier autoridad como leer la ley. Mientras algunos políticos caen arrastrados por entramados de corrupción tan complejos como feroces, otros caen por algo mucho más simple: no saber leer.
Y no, este comentario no trata únicamente sobre la ignorancia del Porten Chévere. Trata, sobre todo, del descarado quemimportismo de una parte de la ciudadanía chimboracense. Esa ciudadanía que, al llegar a las urnas, se plantó frente a la papeleta y pensó algo como:
“A ver, tengo delante de mí a alguien que claramente no utiliza la ley ecuatoriana ni para decorar la biblioteca… perfecto, voy a votar por él”.
Está claro que el señor Tayupanda no ha aprendido absolutamente nada de este proceso. Ojalá, al menos, quien lea estas líneas sí tenga la voluntad de hacerlo. Porque si seguimos confundiendo viveza con ignorancia, y populismo con liderazgo, no podemos sorprendernos cuando los errores vuelven a caer, una y otra vez, por su propio peso.
