Nuestro tablero
En una ciudad, la convivencia se parece mucho a un tablero de ajedrez; cada pieza ocupa un lugar, cada movimiento tiene consecuencias y el equilibrio del juego depende de que todos respeten las reglas. Cuando esto ocurre, el tablero se convierte en un espacio de inteligencia, prudencia y estrategia; pero cuando las reglas dejan de importar, el juego deja de ser ajedrez y se convierte en caos.
Hay algo particularmente corrosivo en nuestras sociedades: la llamada viveza criolla. Esa idea equivocada de saltarse las normas, imponerse por la fuerza o aprovecharse del otro es una forma de inteligencia; pero en realidad no es astucia; es una grieta en la ética colectiva y cuando esa grieta se normaliza, la convivencia comienza a resquebrajarse.
En el tablero social, la viveza criolla y la violencia avanzan como piezas mal jugadas; no lo hacen de forma espectacular, sino silenciosa, ocupando espacios que antes pertenecían al respeto y al sentido común. Así, poco a poco, la desconfianza reemplaza al diálogo y la agresión pretende sustituir a la razón.
Lo ocurrido recientemente en Riobamba nos obliga a reflexionar con seriedad; cuando la frustración social se descarga contra quienes simplemente cumplen su trabajo, contra trabajadores que no toman las decisiones que generan el descontento, el tablero se desordena. No se está corrigiendo una injusticia; se está castigando al eslabón equivocado.
Una sociedad madura comprende algo fundamental: las reglas no son un obstáculo, sino una garantía de convivencia y quienes cumplen su función dentro de ellas merecen respeto, incluso cuando las decisiones que se aplican no nos agradan. Porque cuando la viveza criolla reemplaza al civismo, el tablero entero pierde y cuando la violencia se convierte en respuesta, ninguna pieza queda realmente a salvo.
Tal vez sea momento de recordar que las sociedades que progresan no son aquellas donde gana el más “vivo”, sino aquellas donde todos comprenden que el verdadero triunfo está en jugar con dignidad.
