COLUMNISTAS

Luz

La noche en que comenzó la Navidad no hubo anuncios ni campanas; solo un silencio distinto, más denso, como si el tiempo hubiera decidido caminar más despacio. Las calles parecían las mismas, pero algo, imposible de nombrar; se había acomodado en el aire, recordándonos que no todas las transformaciones hacen ruido.

En una casa cualquiera, alguien encendió una luz con manos cansadas. No era un gesto grandioso, pero sí definitivo. Afuera, el mundo seguía girando con prisa; adentro, el instante se volvió sagrado; allí, en lo mínimo, la Navidad empezó a narrarse sin palabras, en la mesa compartida, en la ausencia sentida, en recordar quienes estaban con nosotros y ahora están en nosotros.

Pasaron las horas y la noche se volvió más propia; cada quien llevó consigo una historia, algunas rotas, otras agradecidas, todas humanas. Al amanecer, nada parecía haber cambiado y; sin embargo, todo era distinto. Porque quienes atravesaron la noche con el corazón despierto sabían la verdad, la Navidad no ocurre una vez al año, ocurre cada vez que alguien elige cuidar, perdonar, estar.

Y así, sin espectáculos ni coronas, la historia se repite, el mundo se salva no por lo grandioso, sino por la silenciosa decisión de seguir amando. 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba