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COLUMNISTAS

LA REVOLUCIÓN VERDE Y NUESTRA REALIDAD AGROPECUARIA

Después de la 2da guerra mundial, los dueños del mundo prometieron salvarnos del hambre y la desnutrición. Y así por así, a los “subdesarrollados” nos llegó la famosa REVOLUCIÓN VERDE. Por ingenuidad e ignorancia se consolidó como paradigma para la producción de alimentos. ¿Y qué mismo nos llegó?: la moda del monocultivo intensivo, agrotóxicos, semillas (gran parte antinaturales), tecnologías ajenas a nuestra geografía, cultura y necesidades.

Esta moda, fue promovida por leyes, instituciones públicas, universidad, medios de comunicación social que se amoldaron al modelo.

Las consecuencias?: más hambre y desnutrición; salud deteriorada por consumir comida contaminada y antinatural; empobrecimiento y abandono del campo; suelo erosionado que pierde su fertilidad a pesar del uso de “súper fertilizantes”; aparecimiento y permanencia de plagas en el campo, a pesar del uso permanente de más y “mejores” venenos; ríos, mares y manglares arrasados; agua escasa y contaminada por el uso indiscriminado de químicos, por la deforestación (el modelo necesita más tierra para el monocultivo), por la pérdida constante de bosques nativos, páramos, humedales y pogios, etc.

¿Este escenario qué produce?: mayor dependencia a tecnologías peligrosas; grandes extensiones de tierra en manos de gente que principaliza el lucro; la comercialización dominada por intermediarios inescrupulosos; aparición y fortalecimiento de grandes cadenas de supermercados que despojan al productor aprovechándose de la ignorancia del consumidor; más importaciones de alimentos baratos desprotegiendo a la agricultura nacional. En oro, más pobreza y más dependencia para la mayoría de ecuatorianas/os, no es cierto?

Frente a esta realidad, ¿qué hacer? Primero y ante todo: Revalorizar los conceptos: vida, campo, campesino, tierra, suelo, biodiversidad, chakra andina, soberanía alimentaria, naturaleza, buen vivir y desde esta actitud volver los ojos al campo, para recuperarlo; dando la importancia a nuestra sabiduría andina que por cierto es milenaria y sustentable. De esta manera, recuperar nuestro orgullo, nuestra dignidad y volver los ojos, las manos, los sueños y el corazón al campo.

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