Haciendo camino al andar
Hay una urgencia silenciosa que persigue a quienes desean lograrlo todo; una voz que apremia, que mide la vida en metas alcanzadas y compara el ritmo propio con el de los demás. Pero hay una verdad que solo se revela cuando aprendemos a respirar… no todo lo valioso ocurre rápido, ni todo lo grande necesita premura.
Lograr algo no es una carrera contra el tiempo, es un diálogo con él. Es comprender que cada etapa tiene un pulso distinto y que forzar el paso solo desgasta el sentido; hay procesos que maduran en silencio, como las ideas profundas y las decisiones correctas.
Avanzar con calma no es conformarse, es confiar; confiar en que el esfuerzo constante, aunque discreto, deja huellas firmes; en que no todo reconocimiento inmediato es triunfo, ni toda pausa es retroceso. La vida no nos exige llegar primero, nos exige llegar enteros. Con la mente clara, el corazón atento y la dignidad intacta; aprender a esperar es también aprender a escucharse, a cuidar lo que somos mientras construimos lo que queremos ser.
Y quizá ahí reside la verdadera sabiduría… entender que el tiempo no es enemigo, que todo llega cuando debe, y que caminar sin abrumarse no nos aleja del destino, sino que nos permite reconocerlo cuando finalmente aparece.
