COLUMNISTAS

¿GENERACIÓN PERDIDA?

En los últimos días se han realizado varios reportajes sobre la investigación realizada a mediados de junio de 2025 sobre la vinculación de niños, niñas y adolescentes a las organizaciones criminales en Ecuador, al revisar el documento se presentan hallazgos que nos obligan a confrontar una realidad alarmante y dolorosa que nos interroga sobre el futuro de la juventud y la responsabilidad que tenemos como sociedad.

Hago referencia a uno de los hallazgos más preocupantes del estudio, el alarmante incremento en la participación de jóvenes en actividades delictivas. Según revelan las estadísticas, hay un número creciente de niños, niñas y adolescentes que son reclutados por las organizaciones criminales, este fenómeno no es solo un problema de delincuencia, es un síntoma de la crisis social que se manifiesta en la desesperanza y la exclusión. La búsqueda de pertenencia y la necesidad de seguridad llevan a muchos jóvenes a grupos delictivos que les ofrecen un sentido de comunidad y un propósito que no encuentran en sus entornos familiares o escolares; así, la violencia se normaliza y la identidad se construye a través de la lealtad a una pandilla.

A lo anterior se suman las condiciones socioeconómicas; la pobreza, la falta de acceso a la una educación de calidad y la desintegración familiar, son contextos que alimentan a las organizaciones criminales que aparecen como una alternativa seductora que les ofrece recursos económicos inmediatos para sus problemas, pero a largo plazo la vinculación con el crimen deteriora su desarrollo personal, desestabiliza el tejido social, creando un ciclo vicioso de violencia y marginación, los jóvenes se ven atrapados en un mundo del que es difícil escapar.

El estudio señala que el impacto psicológico y social de esta vinculación en los niños, niñas, adolescentes que se involucran en actividades delictivas a menudo sufren graves consecuencias emocionales, que se traducen en problemas de salud mental como ansiedad, depresión y traumas. La violencia que experimentan o perpetran no solo afecta sus vidas, sino que también deteriora las relaciones familiares y comunitarias.

Con estos antecedentes, hay razón cuando se manifiesta que el Ecuador está perdiendo una generación, la información debe servir para tomar decisiones que permita abordar la crisis de manera integral y con la responsabilidad de la sociedad y sus instituciones.

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