EL MAL SAMARITANO
La parábola del Buen Samaritano (Lucas 10:25-37), cuenta la historia de un viajero asaltado y herido que es ignorado por un sacerdote y un levita, pero auxiliado por un samaritano – un grupo despreciado por los judíos – quien cura sus heridas, lo lleva a una posada y paga por su cuidado, enseñando que el verdadero prójimo es quien muestra misericordia y compasión activa, sin importar diferencias culturales o religiosas.
Queda claro que un “buen samaritano” es quien frente a un problema ajeno se apersona y ayuda a solucionarlo, pero también existen “malos samaritanos”. Estos son los que empeoran las cosas cuando ven a alguien en desgracia, lo hacen entrometiéndose con acciones o consejos que agravan la situación del necesitado.
Los “malos samaritanos” pueden ser de dos clases. Los que únicamente son metiches ignorantes que agravan el problema solo por novelería; y, los más detestables, aquellos que se meten en los problemas ajenos con conocimiento de causa y buscan beneficio propio empeorando la situación de la víctima.
En el primer caso, la culpa es menor, pero los daños pueden ser gigantescos porque, como dice el vulgo: “Lo que no hace un terremoto lo hace un tonto”; y, en el segundo caso, cuando el “mal samaritano” actúa o aconseja dañinamente, por envidia o interés, su conducta es verdaderamente imperdonable, pues actúa dolosamente y con todas las agravantes de premeditación, ventaja y alevosía.
Lo sorprendente es que, hay infinidad de comedidos de oficio, envidiosos y malos profesionales que están atentos a cualquier oportunidad que les permita transformarse en un execrable “mal samaritano”, por eso, estas líneas están orientadas a prevenir a mis amigos lectores sobre este fenómeno, lo que puede ahorrarles mucho padecimiento.
La moraleja es que hay que tener mucho cuidado al momento de solicitar ayuda o consejo, porque si usted se equivoca en esta elección, rápidamente pasará de Guatemala y Guatepeor.
