Caras y caretas
¡Las fiestas sin caretas no son fiestas! En navidad y año nuevo las caretas inundan la vida de papel, engrudo y pintadas con zapolín, de subidos colores. Las más conocidas son las caretas de payasos, que se utilizan en los corsos de flores. Las más vendidas: las de los políticos, futbolistas y gente de la farándula.
Las caras y las caretas forman parte de la parafernalia de comienzos de año, que refleja, en última instancia, lo que somos: seres que usamos el personaje que llevamos dentro. En la antigua Roma, las caretas representan personas; de ahí su apelativo. En el mercado se venden diversos tipos de caretas: tiernas, alegres, fruncidas, tristes y… caraduras.
En mis tiempos de estudiante del colegio San Felipe había profesores caradura: ¡Míster Samaniego era un caradura! Quería que aprendiéramos inglés a las patadas: en voz alta y sin entender. ¡Aprendí el famoso “yes”!
Otro profesor caradura le llamábamos “negro” Luzuriaga –profesor de educación física-, quien nos obligaba a saltar desde el segundo piso del colegio. El juego era dar un paso al frente y caer “suave” en una lona verde sostenida por los compañeros de curso. ¡Cero o veinte era la historia, en el examen final!
Y bueno: en una ocasión me atreví a elaborar una careta en casa. El personaje fue un diablito que espantaba, con sus ojos salidos, una herida en su frente, nariz roja, dientes desajustados…y dos cachitos.
¡Las caras, las caretas y las coplas cobran vida en el cofre de los recuerdos!
