EL ÚLTIMO FILÓSOFO
Acaba de morir Jürgen Habermas, el último filósofo. O, al menos, el último filósofo de la Escuela de Frankfurt. Pocos sabrán de qué escribo esta semana, y, es posible, que a algunos que saben, no les interese. Precisamente uno de sus libros se llamó «Conocimiento e interés» y trata de algo aparentemente obvio, que cada quien busca conocer aquello que satisfaga su interés. Y, como decía, a muchos no les interesará ni la filosofía, ni Habermas, ni la Escuela de Frankfurt. Pero a fines del siglo pasado, se le buscaba como al oráculo de Delfos. Claro que, los finales del siglo XX, a la luz del primer cuarto del XXI, semejan casi como un viaje a la Edad Media. Actualmente hay un odio abierto a las ideas, mucho más si éstas nacen de los rezagos del postmarxismo o, incluso, como en el caso de Habermas, del humanismo ilustrado.
La escuela de Frankfurt vaticinó que esto pasaría. Adorno y Horkheimer previeron que el modernismo y el postmodernismo culminarían en esta esquizofrenia en la que la razón termina por matar al espíritu. Pero Habermas, como el último cruzado de la ilustración, tenía fe en ella. Supongo que veía el abismo abrirse; pero, precisamente, como el último filósofo, no quería abandonar la barca de la razón sin apelar a una dimensión que él todavía veía, o intuía: la capacidad comunicativa. Le escuché una vez en la Uni Bielefeld, en la Alemania, que entonces todavía se llamaba Federal u Occidental; pero, como decía Sócrates hablando de Heráclito, lo poco que le entendí, me pareció profundo, y lo que no entendí, seguramente lo era.
En filosofía, todavía hay quienes hablan de la ética del discurso, de la urgencia de poder comunicarnos y de descubrir juntos la verdad en las dimensiones de la convivialidad; pero a la luz de la irracionalidad campeando y encendiendo guerras y conflictos y la liviandad con la que hoy se maltrata al ser y su existencia no cabe duda que es mejor que el último filósofo descanse en paz.
