PUERTAS HACIA ADENTRO
La vida laboral inicia, para muchos recién graduados, como un umbral pequeño: se les invita a cruzar, pero se les exige haber estado ya del otro lado; es una paradoja silenciosa y persistente. En los anuncios, la juventud se celebra como virtud cuando la buscan en cuerpos adultos; pero cuando la juventud llega, se le reprocha no haber acumulado aún el tiempo que solo el tiempo concede.
Así, el joven profesional camina entre requisitos contradictorios. Se le pide energía, adaptabilidad, innovación; pero también una experiencia que, sin oportunidades, resulta imposible adquirir. Es como exigir raíces profundas a quien apenas ha sido plantado; y, sin embargo, se espera que florezca. No es una queja, es una realidad. El mundo laboral ha construido una puerta que se abre hacia adentro, pero se cierra hacia quienes llaman por primera vez; olvida que toda experiencia fue, alguna vez, inicio; que todo profesional consolidado fue, antes, aprendiz.
Para los recién graduados, ingresar a la vida laboral no debería ser una carrera de resistencia, sino un acto de confianza mutua; las empresas no pierden cuando apuestan por el talento joven: invierten en futuro y los jóvenes no piden concesiones, piden una oportunidad. Porque el trabajo no solo dignifica cuando se tiene, también cuando se permite tener, y una sociedad que exige experiencia sin ofrecer inicio, termina empobreciendo su propio porvenir.
