¡DOCE AÑOS!
Hace doce años, un día como hoy, recibí el gran regalo de Dios de la Ordenación Episcopal.
Dios me llamó a ser “Pescador de hombres”, como dice mi lema episcopal. En esta misión puedo decir que, como San Pablo, he anunciado la Palabra, he insistido a tiempo y a destiempo, he tratado de convencer, aunque me ha tocado también corregir y he buscado exhortar con toda paciencia y sabiduría. No sé si lo he logrado, lo que sí sé es que he buscado ser ese pastor cercano que camina junto y acompaña buscando crear comunidad.
Hoy celebro doce años de sembrar con alegría, de echar las redes confiando en quien me llamó, de poner la vida misma en la misión, sin cuidar tiempos y desgastándome en la misión confiada.
Doy gracias a Dios por doce años de haber “gastado suelas” recorriendo todos los caminos, lojanos y quiteños, para llevar la alegría del Evangelio a todos. Doce años de no endurecer mi corazón ante los problemas y de vivir con “pasión” el ser pastor de todos sin descuidar a mis predilectos los niños y los jóvenes, porque como dije hace unos años: “Soy obispo por obediencia; pero soy salesiano por vocación”.
En este día bendigo al Señor por doce años de fraternidad y de cercanía con todos, pero de manera especial con mis sacerdotes.
Renovaré mi ilusión, mis sueños, mi convicción de sentirme elegido, sin mérito propio, a ser pastor humilde. Renovaré mis promesas episcopales teniendo presente las palabras del Papa León XIV a los obispos: “Ante todo, quisiera recordarles algo tan simple como imperceptible: el don que han recibido no es para ustedes mismos, sino para servir a la causa del Evangelio. El Obispo es un siervo; el Obispo está llamado a servir a la fe del pueblo”.
